De la dictadura constitucional

En el país del Sagrado Corazón de Jesús y la Virgen de Chiquinquirá está de moda la democracia iliberal.

Ni Chile, ni Argentina, ni Brasil, ni Uruguay,  en sus momentos más tenebrosos de las dictaduras, lograron  el mismo número de desaparecidos, asesinatos y masacres como los que acumula Colombia en los últimos 40 años.

Dictadura
Imagen tomada de La Silla Vacía https://bit.ly/37ZwZ2h

Colombia se ha caracterizado por tener un régimen presidencialista, arraigado en las costumbres políticas, normado constitucionalmente y amado por las castas políticas y económicas. Ese estatus quo no parece incomodar a nadie, poco se discute por analistas, historiadores, y obviamente menos lo va a discutir un vulgo que es llevado por las pasiones a elegir a quienes señalen los mandamases de turno.

Hoy manda, en esta caricatura de Estado-Nación, “testaferro de un mentor  criminal” (Londoño, 2020) todavía sin verdad judicial,  Iván Duque Márquez;  ungido por un patriarca, un titiritero, un  capataz de macrofundios, “un patriota genuino” (palabras del trepador) o “dios” (palabras de un uribista detenido en una cárcel);   Álvaro Uribe  Vélez. Ha adquirido tan grande poder, tanto por rango constitucional como por las componendas políticas de los partidos liberal y conservador, el Centro Democrático, el partido de la U, Cambio Radical y otros partidillos religiosos, que está en veremos “el equilibrio teórico de poderes” que sustenta la democracia moderna. En efecto, el personaje de marras tiene bajo su mando: Fiscalía, Defensoría del Pueblo, Medicina Legal, Contraloría, Congreso, Registraduría, CNE, Centro de Memoria Histórica (con un Director que está tratando de borrar los crímenes del régimen uribista), Consejería para la paz (más parece para la guerra), Procuraduría electa y muchos otros organismos de menor rango. Y las componendas políticas hasta le han dado para tratar de dominar, con Magistrados de filiación conservadora, La Corte Constitucional. Lo dice con meridiana claridad Cecilia Orozco (Orozco 2020):

“Y el Congreso, la columna vertebral de la impunidad: la reproducción incesante de sus mayorías gobiernistas a través de esa mezcla de prebendas, alianzas con el narcotráfico, clientelismo-mermelada y complicidad con la violencia regional que busca eliminar toda amenaza contra el poder hegemónico de los caciques que dominan las regiones con esa mentalidad colonial, de amos de la tierra, herederos naturales de vidas y haciendas”. 

De la ceguera política

Colombia está en uno de los peores momentos políticos de su historia. Quienes están eligiendo la dirección de organismos de control como la Fiscalía, la Procuraduría, la Contraloría no se han dado cuenta que están eligiendo cabezas del uribismo nominadas por Duque y que este está aprovechando un cuarto de hora para hacer elegir candidatos de bolsillo, como Barbosa y Cabello Blanco. Y la miope “izquierda”, salvo excepciones, ni siquiera es capaz de un discurso de oposición a semejante aberración ético-política. Todos actúan guardándose las espaldas. Da vergüenza una “democracia” tan corrupta.

A nuestros descarados políticos se les puede aplicar las palabras de Boccaccio en uno de los cuentos del Decamerón: “(…) semejante a los cortesanos de hoy, para gran vergüenza de corruptas y vituperables costumbres, con las cuales quieren, al presente, ser tenidos y reputados hidalgos y señores, cuando más cerca están de ser asnos y de tener la brutalidad de los no educados…”.

Colombia vive, pues, una transición del presidencialismo a la Dictadura Constitucional. También en el país del Sagrado Corazón de Jesús y la Virgen de Chiquinquirá está de moda la democracia iliberal, como gustan llamar los dictadores actuales a gobiernos autoritarios con la gravedad de ser  elegidos por la votación ciudadana, y está muy bien aprovechada por el uribismo, cuyo caudillo manda desde donde lo dejen, incluida la cárcel. Los sucesivos gobiernos del Centro Democrático han demostrado su talante autoritario, su desprecio por la justicia que le es adversa y el uso recurrente de la mentira para desprestigiar a los oponentes políticos. Con el ascenso de Iván Duque a la Presidencia y, aún más, tras la detención reciente de Álvaro Uribe, la estigmatización de la oposición y la protesta popular, la persecución  a los medios de comunicación, como The new york times, y a periodistas críticos, es cada vez menos solapada. A esto se suma ahora el lanzamiento de una campaña internacional de desprestigio de la oposición política en Colombia con Donald Trump como vocero. Estas acciones no son más que una inminente erosión del Estado de derecho y representan un peligroso ambiente para el fascismo en Colombia. 

Irrespeto declarado

En el fallo de la CSJ que tuteló los derechos a la protesta social, preservándolos del uso sistemático y desproporcionado  de la fuerza por las fuerzas armadas, se vio, una vez más, el talante dictatorial del gobierno Duque: dio prevalencia al salvamento de voto de la minoría por encima de la sustentación de la mayoría, desconoció la mayor parte del fallo, y con una pantomima el ministro de justicia lo desacató, resistiéndose a pedir perdón por la muerte de un ciudadano a manos del ESMAD. El presidente Duque envió el fallo a la Corte Constitucional para su revisión, pretendiendo una obligación y no una opción de la Corte. Él y sus funcionarios no se inmutan  por dejar muy mal parado al país ante el escenario internacional.  

El subordinado

Iván Duque Márquez mantiene una relación Amo-Esclavo con quien denominó el “presidente eterno”. Con esa zalamería se ganó a Álvaro Uribe como su mentor, así pudo ganar la candidatura presidencial, y, a la postre, la presidencia. También con  obsecuencia, salió, en un desafío a la constitución, en defensa incondicional del “eterno”.

Duque, es o se hace el idiota respecto a las “jugaditas” de su mentor. Mínimo debe saber de las denuncias que hizo su padre del “trabajo” de Uribe a favor de la mafia en la AEROCIVIL. Así que, dar a Uribe como absolutamente honorable es la lealtad del esclavo. Sin sonrojarse siquiera, Duque dice: “Soy un creyente en la inocencia y honorabilidad de quien con su ejemplo se ha ganado un lugar en la historia de Colombia”. Entiéndase bien: “creyente”, es decir ciego a las evidencias, sordo a los argumentos, no aduce  ninguna prueba para refutar la acusación de la CSJ.

Esa adulación-adoración a Uribe deja ver su talante contra el Estado de derecho: presidente eterno tiene una connotación dictatorial. Y Eterno es Dios: principio y fin de todas las cosas. Uribe se considera y lo consideran como un dios, el Salvador de la patria. Por lo demás, en lo tocante a su gobierno, no deja dudas de que Uribe manda por la interpuesta persona de Duque.

De la cobardía

Solo la cobardía, “Madre de la crueldad” (Montaigne), explica que un sujeto armado se ensañe o proceda a utilizar su arma contra sujetos inermes. Es idiota pensar que la brutalidad de dos policías contra un ciudadano, Javier Ordoñez, indefenso es otro asunto de “manzanas podridas”, y enaltecer a la policía como un cuerpo que actúa con “gallardía”, como lo hizo el subpresidente Duque.

En Colombia, el uribismo pretende que el poder civil se subordine al poder militar. Nunca se había visto tanta obsecuencia dictatorial del presidente y los ministros de justicia en el poder militar como se ha visto en el gobierno Duque. No han tenido ni siquiera la capacidad del disimulo, el presidente sin rubor se viste de policía.

Duque empezó mal impugnando la ley estatutaria de la JEP y continúa mal enfrentándose a las decisiones judiciales que le son adversas a su gobierno y al uribismo.

Con Duque, con todo el uribismo, con partidos totalmente clientelizados y desdibujados, gremios económicos partidarios del autoritarismo y captores del Estado que lejos está Colombia de ser una democracia que  no solo se construya con votos, “sino con instituciones que sean  capaces de reconocer sus errores y sus problemas estructurales” (Razón pública, 2020).

El manejo del país es, pues, violento, autoritario, militarista y policial, irrespetuoso  de la  Justicia, con torpedos contra la JEP, con  matanzas como las  del 9 y 10  de septiembre cometidas por policías sin control, con los perfilamientos hechos por la “inteligencia” militar, con indolencia frente a los masacres, los ataques a la prensa, la estigmatización de los críticos, el desprecio por los indígenas y los líderes sociales, sus «osos» monumentales en la ONU (Londoño, ibid).

De protocolos y protestas

No nos alejamos de los Estados autoritarios que tanto les da por criticar al uribismo y a su hijo predilecto en el momento, Duque. Hasta un desvergonzado como César Gaviria lo denuncia: “Disparar  a una manifestación o marcha es algo que no ocurre ni en los peores gobiernos autoritarios” (Gaviria, 2020).

El caudillo encarcelado en su hacienda llama con claridad meridiana a reprimir la protesta social catalogándola como el largo brazo del “comunismo”. Con esa ideología se creó el Frente Nacional, también se cocinó la doctrina de la seguridad nacional y se le ha dado al Centro Democrático para mandar y recoger, creando terror. Lo grave  es que gran parte de   la clase dirigente ha mantenido durante décadas la máscara  democrática construida con las mismas tácticas de los dictadores de los años setenta en el Cono Sur: desapariciones, torturas, crímenes selectivos y masacres.

¿Democracia?

 “El sistema democrático” colombiano  es un esperpento de muy vieja data que, con la complicidad internacional,  ha logrado sortear con éxito su deplorable récord contra  la vida civilizada. Ni Chile, ni Argentina, ni Brasil, ni Uruguay,  en sus momentos más tenebrosos de las dictaduras, lograron  el mismo número de desaparecidos, asesinatos y masacres como los que acumula Colombia en los últimos 40 años, apoyada por la doctrina de “seguridad nacional”, dictada por Washington y la irrupción del narcoparamilitarismo y su política de  aniquilamiento apoyada por los clanes políticos regionales y el poder militar.

“Por eso, la democracia colombiana es apenas una ilusión. Un relato trágico y sangriento, en medio de códigos, leyes y constituciones. Es un territorio minado, cruel, en el que algunos bienintencionados buscan abrirse camino. Aquí no hay separación de poderes, apenas rituales sin sustancia, puesta en escena para el consumo externo” (Otalora, 2020).

Los poderosos  han sido tan eficientes en el montaje, tan convincentes en su actuación, que los militares, a diferencia de otros países, no han tenido que montar dictadores ni “inventarse juntas para salvar a la patria. El gobierno de Duque, con su desacato a los fallos de la justicia, es una clara muestra de ello”. (Otalora, ibid).

Referencias

Razón pública. Boletín del 28 de septiembre al 5 de octubre de 2020.

Robles, Joan Sebastían. Buscar la fiebre en las sábanas. La Ventana Rota, 10/01/1 2020.

Londoño, Julio César. La dictadura naranja. El Espectador. 10/03/2020.

Fuerte ataque de César Gaviria contra Carlos Holmes. El Tiempo, 07/10/2020.

Otálora, Montenegro, Sergio. Separación de poderes: Duque, Duque y Duque. El Espectador, 9 oct. 2020.

Castro Benavides, Constanza. ¿Tiene sentido hablar de fascismo en Colombia? El Espectador, 10/17/2020.

Tascón, Orozco, Cecilia. Duque, nuestro Maduro naciente. El espectador, 10/06/2020.

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