Pereza mental

Eso es lo que hay que tener en cuenta para no hacerle juego a los populistas (de cualquier latitud): distinguir los medios de los fines.

(Imagen tomada de (https://www.posta.com.mx/tendencias/trump-asegura-que-redes-sociales-van-en-su-contra)

El próximo martes se celebrarán las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Donald Trump quiere hacerse reelegir en el que, probablemente, sea el cargo más importante de la sociedad occidental. Para eso, se ha valido de toda clase de artimañas politiqueras y monólogos autoritarios apelando a las emociones de algunos segmentos radicalizados, que ponen muchos votos y hacen mucho ruido: un populista del primer mundo.

Mención especial merecen las diatribas del actual mandatario contra el castrochavismo, Venezuela e incluso contra Gustavo Petro[1] —nuestro populista criollo del que seguramente nos ocuparemos en el futuro—. No es que nuestra folclórica democracia trasnoche al presidente, incluso, yo diría que Trump no es capaz de ubicar a Venezuela en un mapa; lo que vimos fue, seguramente, idea de algún community manager que buscaba ‘raspar la olla’ entre los cubanos paranoicos y los macartistas nostálgicos. Porque ese discurso del enemigo externo, de lo bueno y lo malo, de los aliados y las amenazas, vende bien. Vende aún mejor cuando los valores de la sociedad se basan, como en el caso de Estados Unidos, en la idealización de un país poderoso que protege al mundo de la amenaza comunista. Surgen entonces pasiones y odios entre los estadounidenses que acuden a votar por el populista de turno.

Ese sentimentalismo es normal en cualquier sociedad: hay espacios destinados para idealizar las cosas, para que cada quien exprese sus manías sin afectar a los demás, y está bien hacerlo en la literatura, en los melodramas de la televisión, en las relaciones de pareja, pero no en las altas esferas de la política. Y es que el campo de acción de la política es, por definición, la administración de los recursos comunes. Por respeto a los contribuyentes, y también por eficiencia, se espera que los mandatarios tomen una posición ecuánime frente a los problemas —y posibles soluciones— de sus países. Si sigue así, los ciudadanos perderán la confianza en la capacidad de las instituciones para administrar sus impuestos.

Claro que la culpa no es solo de Trump. Los fanáticos que le aplauden cualquier bobería son seres pensantes, ellos también deberían cuestionar la vacuidad del discurso trumpista, su incapacidad técnica y su desprecio por las opiniones de expertos y científicos[2]. En las dictaduras populistas, los ciudadanos simpatizantes del gobierno son víctimas; en las democracias sólidas, son cómplices.

Trump no inventó el populismo ni la demagogia, no es el primero en polarizar a la sociedad para señalar enemigos y pescar votos. Ya hace un par de milenios, Justiniano I proclamó que “¡Aquellos que no piensen como nosotros están locos!”. Por eso, sustituir el populismo por un discurso aséptico y técnico no sería una solución milagrosa. No es realista pensar que todos los votantes se vuelvan, de la noche a la mañana, expertos en política pública. También se vota por el talante del candidato, no solo por sus propuestas. Además, ¿Qué sería de una campaña sin lugares comunes, sin frases estridentes, sin el candidato tomándose fotos con los pobres…?

Lo que, en últimas, caracteriza a los fanáticos de un populista es la pereza mental. Es como si se resignaran a que su líder sobre simplificara la realidad y sus problemas. Suscribir el discurso de Trump es conseguir sin mucho esfuerzo una opinión sobre casi cualquier tema. Probablemente Estanislao Zuleta, filósofo colombiano, describió mejor esta ‘actitud’ de desidia democrática mejor que yo:

El atractivo terrible que poseen las formaciones colectivas que se embriagan con la promesa de una comunidad humana no problemática, basada en una palabra infalible, consiste en que suprimen la indecisión y la duda, la necesidad de pensar por sí mismo, otorgan a sus miembros una identidad exaltada por participación, separan un interior bueno, el grupo, y un exterior amenazador […] El que tema de antemano toda sospecha y todo resero que pueda obligarlo a pensar por sí mismo y anhele por el contrario sumarse a toda palabra que quiera enseñarle lo que hay que hacer, pensar y desear, ese ya va en busca del líder o del profeta y no dejará de encontrarlos[3].

De manera que, es natural que Trump pretenda hablar en nombre de alguien —o en nombre de todos para ser preciso—, es una maniobra ‘de manual’ para los populistas. Ese discurso omite la información relevante sobre cómo cumpliría sus promesas, y la remplaza con un sermón gaseoso sobre por qué sus promesas son propósitos superiores de la civilización. Eso es lo que hay que tener en cuenta para no hacerle juego a los populistas (de cualquier latitud): distinguir los medios de los fines. Un ejercicio balanceado —y realista— de la democracia pasa por preguntarse si los candidatos a representantes hacen esta distinción. Porque los fines de las sociedades modernas muchas veces son etéreos y parten de valores subjetivos: reducir la pobreza, alcanzar un determinado nivel de igualdad, eliminar las discriminaciones, entre otros. Todas son metas loables que, aunque no tienen un sustento objetivo, nos trazamos como sociedad.

Por el contrario, los medios que empleamos para conseguir esos fines —en particular los medios que emplean los hacedores de política pública— deben ser fruto de estudios especializados y reflexiones científicas probadas y contrastadas. Por ejemplo, si bien reducir la pobreza es un fin que responde a postulados éticos subjetivos, las herramientas financieras y macroeconómicas necesarias para hacerlo son fruto de investigaciones objetivas del campo de la economía.

Esta sutil diferencia entre medios y fines es la que omiten los dogmas. Es el caso de las religiones, que son dogmas relativamente inofensivos en las sociedades donde la iglesia está separada del Estado. Pero cuando a un populista se le da poder, este intentará implementar medios y fines ‘de un solo tajo’. El resultado inmediato, en el caso de Trump, es un ejercicio permanente de improvisación. Para no ir muy lejos, citemos la inquina del mandatario contra las reformas al sistema de salud de la administración Obama, y su promesa de acabarlas, que contrasta con su total incapacidad para proponer otro sistema que sustituya al de su antecesor[4].

En suma, los votantes de Estados Unidos, y de cualquier sociedad democrática, no deben tomarse muy enserio el título de ‘representante del pueblo’ que les endilgan a veces a los presidentes. El presidente es un funcionario público y hasta ahí, ¡! En general, hay que deshipotecarle ‘la moral y las buenas costumbres’ a los populistas, en vista de que se las han adueñado sin nuestro consentimiento. Si los políticos como Donald Trump empiezan a extralimitarse, a pontificar sobre lo humano y lo divino, es deber de los demócratas ponerles un tatequieto en las urnas. La democracia, con sus fallas, es lo mejor que tenemos, así que, por favor, cuidémosla.

 

Adenda 1: Hablando de populistas, los chilenos deben mirarlos con recelo para no desperdiciar la oportunidad histórica de escribir una nueva constitución.

Adenda 2: Armando Bennedetti y Roy barreras renunciaron al Partido de la U por considerarlo una colectividad clientelista y cleptómana. No es que antes no lo fuera, sino que ahora la gente se dio cuenta y le quitó su credibilidad.

Notas

[1] Redacción “Trump volvió a atacar a Petro”, Semana, 12 de octubre de 2020, acceso el 22 de octubre de 2020, https://www.semana.com/mundo/articulo/trump-volvio-a-atacar-a-petro/202026/.

[2] Magdalena Skipper “Why Nature supports Joe Viden for US president”, Nature, 14 de octubre de 2020, acceso el 22 de octubre de 2020, https://www.nature.com/articles/d41586-020-02852-x.

[3] Estanislao Zuleta, Elogio de la dificultad y otros ensayos (Bogotá: Ariel, 2015).

[4] Karen Tumulty “Trump promised a health-care plan in two weeks. It´s been two weeks”, The Washington Post, 3 de agosto de 2020, acceso el 23 de octubre de 2020, https://www.washingtonpost.com/opinions/2020/08/03/trump-promised-health-care-plan-two-weeks-its-been-two-weeks/.

About the author

Joan Robles es estudiante de Economía en la Universidad Nacional de Colombia. Actualmente trabaja como monitor académico y pertenece al grupo de debate de esta universidad. Además de la economía, le interesa la política y la literatura.