La fatal irracionalidad de Friedrich von Hayek

Al elevar a argumento fundamental esta tesis puramente cognitiva, Hayek está implicando que la planificación totalitaria no es mala o inmoral, plantea simplemente que no se puede porque el hombre es cognitivamente “imperfecto”.

Ayn Rand y Hayek
Ayn Rand y Friedrich von Hayek. Imagen tomada de https://bit.ly/39lOxnW

 
El austríaco Friedrich August Von Hayek (1899-1992), economista y filósofo político vienés, es generalmente considerado como uno de los más grandes defensores de la libertad y del capitalismo en el siglo XX. La izquierda lo considera el mayor exponente de lo que denominan “neoliberalismo”. Asimismo, su figura es tan grande y conocida que opaca a otras figuras también consideradas en el seno del pensamiento liberal como Ludwig Von Mises (economista austríaco y maestro de Hayek) o Alissa Zinoviedna Rossebaum (filósofa ruso-estadounidense nacida en San Petersburgo), conocida por el pseudónimo de Ayn Rand.
En los círculos intelectuales que dicen ser liberales, la figura de Hayek ocupa un lugar preeminente, pero ¿está racionalmente justificado entronizar a Hayek como arquetipo del pensador liberal o capitalista de laissez faire? o ¿hemos sido víctimas de la fatal propaganda hecha por ciertos sectores intelectuales de signo colectivista, que buscan desvirtuar la naturaleza del liberalismo y su contenido ideológico, entronizando a un pensador inconsistente en detrimento de otros más solventes?
Este ensayo defiende la segunda tesis, sostengo que la entronización de Friedrich von Hayek como el liberal por antonomasia, como el archienemigo del colectivismo y del socialismo, se debe a una fuerte propaganda y de una fatal ignorancia filosófica y cuando no, de una evasión deliberada de la realidad. 
En un ejercicio de síntesis, la tesis de Friedrich von Hayek sobre la que descansa  su concepción del orden social  y su supuesta defensa del capitalismo o liberalismo, es la siguiente: 
En la historia del pensamiento occidental han existido dos concepciones opuestas sobre la naturaleza y formación del orden social: una primera concepción, según Hayek, procede del racionalismo Platónico-Cartesiano-Hegeliano, que él denomina racionalismo constructivista y trata de que todas las instituciones que conforman el orden social, la sociedad en sí misma, fueron el producto del diseño consciente y deliberado de una mente o grupo de mentes, que en el uso de su facultad racional planificaron su creación y conformación, imponiendo su vigencia al resto de individuos que integran las relaciones sociales. La segunda concepción, que él denomina evolucionismo o teoría evolutiva de las instituciones, se basa en las normas morales, las costumbres, las instituciones, las prácticas que conforman el orden social y de las que dependen el sostenimiento a largo plazo de la civilización y la supervivencia de la humanidad. Fueron el producto de un largo proceso histórico de evolución gradual en el que, de acuerdo con Hayek, el papel de la razón en su establecimiento y conformación fue muy limitado, cobrando mayor importancia los procesos de prueba y error y adhesión a determinadas tradiciones aceptadas primordialmente por fe y no porque su naturaleza y consecuencias últimas fuesen comprendidas racionalmente por los sujetos.
Así es como Hayek hace eco de la frase de David Hume, que plantea que las normas morales no son conclusiones derivadas de la razón. En esta línea de pensamiento evolutivo, Hayek sitúa a pensadores como Bernard de Mandeville, David Hume, Adam Smith, Adam Fergusson o al propio Carl Menger,  padre de la Escuela Austríaca de Economía.
Según la tesis evolutiva, la supervivencia y el progreso de la humanidad se debe a elementos que están más allá de la comprensión del poder de la razón, elementos que muy a posteriori no pueden ser explicados perfectamente, ya que apelan a la teorización racional, pero que no fueron el producto del ejercicio de la razón.
Siguiendo este esquema dualista, Hayek nos señala que el socialismo, el comunismo, la planificación central, es producto de ese racionalismo constructivista. Él dice que, a partir de un “abuso de la razón”, el hombre trata de controlar y de planificar aquello que no conoce y ni siquiera puede llegar a conocer, que un “exceso” de confianza en el poder de la razón lleva a la creencia de que se puede diseñar, a voluntad, la totalidad de las relaciones sociales.
Esta tesis, sostiene el economista austríaco, es errada porque pretende que es posible conocer toda la información relevante para diseñar a gusto el orden social, regulando meticulosamente todas y cada una de las acciones de los hombres en sus relaciones con sus semejantes.
La imposibilidad de articular un sistema social de planificación central de la economía, obedece a una limitación cognitiva de la mente humana insuperable, a una limitación de la razón. En palabras más simples y más llanas: no somos y tampoco podemos ser lo suficientemente inteligentes y dotados cognitivamente para poder planificar a gran escala el vasto conjunto de acciones, decisiones y relaciones que conforman un orden social extenso, en el que participan millones, cientos de millones y miles de millones de personas en el orden de mercado.
Esto supone sostener que los horrores ocasionados por el socialismo en cualquiera de sus variantes mortales como el fascismo, el nazismo, el comunismo, son el producto de pretender que somos más inteligentes y sabios de lo que somos y, por lo tanto, que si fuésemos seres estratosféricamente inteligentes, podríamos ser sometidos a una dictadura totalitaria. Pero, en realidad, como somos congénitamente tontos, entonces debemos vivir en estado de libertad individual. Este era el problema con Hitler, Lenin o Stalin, que eran demasiado racionales y de ahí los horrores subsiguientes producto de ese ejercicio “excesivo”, de ese “abuso” de la razón.
Esta tesis es escandalosamente perniciosa, al considerar que el totalitarismo, las atrocidades inexpresables de los campos de exterminio, del trabajo esclavo, de las hambrunas planificadas o provocadas por los planes gubernamentales del socialismo, son el producto del ejercicio coherente de la razón y, por consiguiente, que la libertad descansa en rechazar el ejercicio de la razón y entregarnos a la fe, a la ciega tradición, a creencias que no comprendemos pero que, de algún modo, según Hayek, han permitido la supervivencia de la humanidad.
Aparte de su escandalosa y atroz irracionalidad, nos permite preguntarnos si el hombre no puede aspirar a comprender racionalmente las normas morales, las costumbres, las reglas de conducta que supuestamente llevan a la supervivencia de la humanidad. ¿Cómo sabemos que son precisamente esas reglas las que han llevado a la supervivencia de la humanidad? ¿Qué hay de otras instituciones tradicionales como la esclavitud, la lapidación de mujeres adúlteras, la quema de libros y de pensadores contrarios a las concepciones imperantes en un momento histórico dado, como es el caso de la Inquisición en el seno de la Iglesia Católica Apostólica Romana? ¿Contribuyen o han contribuido a la supervivencia de la humanidad? Según Hayek, estas preguntas carecen de respuesta o al menos el hecho de responderlas, de acuerdo con su tesis, implicaría ser “fatalmente arrogante” y nos pondría a un pie de alcanzar el socialismo totalitario.
La tesis pragmática de adhesión ciega a la tradición, a la aceptación por fe de determinadas reglas de conducta sobre la base de que se prueban buenas para la supervivencia de la humanidad, incurren en la falacia que Ayn Rand denominaba “concepto robado”, es decir, usar un concepto al tiempo que se niega las raíces genéticas del mismo que lo validan y lo dotan de sentido. En otras palabras, la negación de los conceptos jerárquicamente precedentes que hacen posible usar racionalmente el concepto que se está usando y, por tanto, sin derecho epistemológico a ello.
Sin el concepto de razón, de capacidad de comprender por medio de la razón, es imposible saber si algo promueve o no la supervivencia. De hecho, ni siquiera sería posible plantearse cómo evaluar si algo es o no promotor de la supervivencia y, lo más importante, ¿qué constituye supervivencia? y ¿por qué debemos preocuparnos por ella?
Alguno que me pueda leer, puede pensar que estoy incurriendo en un hombre de paja, pues Hayek dijo que era posible, a posteriori, teorizar sobre esas instituciones y comprender cuál es su utilidad, aunque dichas instituciones no surgieran por medio de un proceso deliberado de reflexión y razonamiento. Así, Hayek no rechazaría el papel de la razón en el momento de comprender el orden social e incluso cabría admitir, introducir reformas parciales que sí serían un producto deliberadamente diseñado por la razón.
En esta parte, Hayek está defendiendo una tesis para la cual no tiene derecho epistemológico, pues ¿cómo puede saber que esas reformas no son un erróneo intento de constructivismo o “abuso de la razón”? ¿qué estándar o criterio queda a nuestra disposición para estimar si un plan constituye un ejercicio sano o, por el contrario, uno abusivo de la facultad racional? Hayek no tiene respuesta para ello y no puede tenerla desde su premisa kantiana, de que la razón es limitada y que puede ser ejercida con abuso, dando lugar a consecuencias nefandas. Una vez que uno cuestiona la supremacía de la razón, no puede confiar en ella para responder a las cuestiones que, de antemano, se han estimado que son inaccesibles en todo o en parte a la misma.
Asimismo, Hayek acepta una premisa fatal que ha viciado la mayor parte de los sistemas éticos de la historia de la filosofía: la dicotomía hecho y valor. Esta dicotomía alcanza su cenit con David Hume y Enmanuel Kant en el siglo XVIII y sostiene que existe una brecha lógica insalvable entre el mundo del ser (entendido como el reino de la naturaleza, de los hechos, de las relaciones de causalidad, estudiado por las ciencias de las naturaleza) y el deber ser (el reino de los valores, del bien y del mal, de la moralidad, de lo correcto o incorrecto), puesto que son reinos estancos y separados de los que no se puede derivar una conclusión válida en el reino de la moral a partir de los hechos que uno identifica en la realidad.
Esa dicotomía está implícita en la idea hayekiana en que el problema del socialismo es puramente un problema de conocimiento y no un problema de valor, es decir, que lo que impide la planificación central socialista-totalitaria del orden social, no es sino la insuficiencia de conocimiento a disposición de cualquier individuo para organizar completamente las relaciones sociales, para dirigir la vida de millones de individuos y no si consideramos moral o no a este sistema.
Al elevar a argumento fundamental esta tesis puramente cognitiva, Hayek está implicando que la planificación totalitaria no es mala o inmoral, plantea simplemente que no se puede porque el hombre es cognitivamente “imperfecto”, pero que si fuésemos perfectamente inteligentes, el comunismo sería algo deseable o al menos un asunto de evolución ciega, de tradición, algo no sujeto a la comprensión racional de la ciencia. He ahí la premisa del positivismo lógico de que los valores, la ética, la moral, están fuera del reino de la razón, del reino de la ciencia: la dicotomía hecho y valor o ser y deber ser.
La tesis hayekiana hace uso de forma implícita de los tres argumentos principales que  la filósofa Ayn Rand había usado en su obra Capitalismo: el ideal desconocido. En este apartado, menciona que el argumento de la fe, el argumento de la depravación y el argumento de la tradición son empleados por los conservadores, para defender el capitalismo de laissez faire.
El argumento de la fe está implícito en el ataque solapado a la razón, que constituye el cuerpo central de la tesis hayekiana, al atribuir el horror primitivo, irracional y bárbaro del socialismo, a un ejercicio “excesivo” o “abuso” de la razón, es decir, todo el problema es que usamos demasiado una facultad, que de por sí es imperfecta y nos puede llevar a la perdición. Debemos, entonces, renunciar a la razón y guiarnos por la fe —si uno abandona la razón, está aceptando la fe aunque sea parcialmente—.
El argumento de la tradición es una consecuencia lógica, si uno rechaza el poder de la razón para juzgar la validez o invalidez de una norma de conducta y acepta como buena o mala dicha norma de conducta por fe. Entonces, para evitar la inevitable incertidumbre e inseguridad que genera el rechazo de la razón, uno tiene que apelar al hecho accidental de que dicha norma se haya mantenido a lo largo del tiempo y que haya sido practicada por muchas personas. Al final, la fe implica la sumisión ciega al colectivo, pues al necesitar un estándar pretendidamente objetivo, lo encuentra en el hecho de que la conducta ha sido practicada por muchas personas durante mucho tiempo, es decir, en la tradición. La tradición será todo aquello que nuestros antecesores nos han entregado, nos han dado. Así, un criterio puramente accidental, como la correlación temporal, es elevado a estándar esencial de valor.
Finalmente, el argumento de la depravación, que igualmente deriva del argumento de la fe y que está presente en Hayek, sostiene que el hombre es bajo, imperfecto, malo, defectuoso por naturaleza. Es un argumento que deriva de la doctrina mística de la depravación innata o “pecado original”: el hombre nace imperfecto, nace pecaminoso, nace bajo, y cualquier pretensión de elevarse a la grandeza, dada su innata imperfección, debe llevar a la destrucción y al horror. En Hayek, debe llevar al socialismo.
Esta es la razón del atractivo inmenso que tiene Hayek en la derecha religiosa, les permite relacionar la defensa del capitalismo con sus convicciones místicas. Otras cuestiones adicionales sobre Hayek, que mantienen relación con su tesis central, es su determinismo filosófico. Él niega el libre albedrío en la conformación de las normas e instituciones que integran y hacen posible el orden social, una tesis que se deriva directamente de la concepción de la mente, en la que mantiene una visión de los procesos mentales materialista-fisicalista, considerando la conceptualización, la búsqueda del conocimiento como un proceso pasivo a imagen y semejanza de la integración perceptual, que sí es automática.
Para Hayek, la conciencia implícitamente no es sino un proceso físico-material reflejado a partir del material perceptual integrado físicamente por el cerebro, y no un proceso activo autoiniciado por el individuo, el sujeto consciente.
Asimismo, el austríaco resucita la vieja tesis de las ideas innatas de Platón y de Descartes, al sostener que nuestras percepciones sensoriales incorporan patrones o recuerdos colectivos transmitidos genéticamente en la especie humana, asumiendo la tesis del conocimiento heredado.
Esa tesis que sostiene en su obra El orden sensorial, la extrapola a su concepción del orden social, negando el libre albedrío del individuo y sosteniendo que somos parte de un orden social que se conforma  espontáneamente y que debemos aceptar, ciegamente, su evolución. El uso de la razón cuestiona las normas, las instituciones y las prácticas heredadas desde antaño, nos hace correr a la dictadura totalitaria, la cual constituye, para Hayek, el resultado de la elevación suprema de la razón.
Igualmente, el determinismo se manifiesta en su concepción de la moralidad como un instinto automático o semiautomático, defendiendo el altruismo, que es algo innato en el individuo y que Hayek equipara absurdamente con la generosidad, la ayuda a otros, aunque ese altruismo que él considera innato deba ser domeñado para mantener la civilización, lo que él llama, un orden social extenso.
Esto supone la enésima contradicción hayekiana, pues, si la moral altruista es instintiva, ¿cómo va a poder ser dominada por seres que carecen de libre albedrío y están sometidos a esas tendencias innatas? Si un sujeto está sometido a una tendencia innata no puede dominarla. Por ejemplo, si yo tengo la tendencia innata a que mi corazón lata, no puedo por un acto de voluntad decirle que deje de latir o, si tengo tendencia innata a caer desde gran altura, no puedo levantar los brazos y volar.
Lo metafísicamente dado es independiente de la voluntad humana, y si uno considera el altruismo como una tendencia innata, entonces no puede ser domeñada para sostener el capitalismo que se basa en la moral egoísta del lucro mercantil.
Hemos visto que Hayek, lejos de ser un gran defensor del capitalismo y de la libertad, es un pernicioso caballo de Troya místico-colectivista en la ciudad intelectual del liberalismo y del capitalismo de laissez faire —sin perjuicio de que algunas de sus contribuciones, particularmente en el campo de la economía monetaria, fueran brillantes—. Su legado es, en términos filosóficos, fundamentalmente pernicioso, pese a que algunas de sus ideas políticas en un contexto filosóficamente depurado, puedan ser aprovechables y útiles para comprender el funcionamiento del orden social de mercado. Por estas razones, debemos concordar con la afirmación de la filósofa Ayn Rand, de que Hayek era veneno puro. Una mejor defensa del capitalismo, es precisamente la que sostuvo Ayn Rand, pero eso será materia para otro ensayo.

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